sábado, 1 de marzo de 2025

Breve recorrido por mis novelas: Los ojos de Dios (2010)

 Los ojos de Dios. 23 Escalones. 2010.


¿Cómo empecé a escribir? Poniendo en papel todo lo que me hubiera gustado encontrar en los libros que leía, pero en los que no lo encontraba.

Esta suele ser mi respuesta cuando me preguntan cómo empezó todo. 

Lo cierto es que tras terminar la universidad, mucho antes de Claro de Luna o Noctámbulo, experimenté una época de intensa lectura. Devoré la obra de Stephen King, de Arturo Pérez Reverte, de Katzenbach, de Katherine Neville… Leí de todo, menos los libros de las oposiciones. Hacía ya un tiempo que había empezado a tontear con los relatos cortos —nada serio, doctor—, y estimulado por las lecturas y por el cine, decidí intentarlo en la novela.

Quizá el origen de Los ojos de Dios esté en esa escena de La amenaza fantasma en la que un sinfín de máquinas de combate asoman por una loma verde, o tal vez esté en la película La novena puerta, de Polanski (cinta a la que volveré a hacer referencia en otras novelas), el caso es que soñé, de algún modo, con una Puerta del Sol madrileña, llena de paseantes, que de un momento a otro resulta atacada por dos ejércitos rivales, sin aviso ni explicación, y el único recurso para la población civil es esconderse en los túneles del Metro.

A partir de ahí, cada capítulo de Los ojos de Dios revela un miedo, un misterio, un giro de guion en un enigma que, una vez se descubre, debe mucho a La última cruzada, de Indiana Jones.

Así, el cine y la lectura son responsables de que me dedique a esto de juntar letras. No podía ser de otro modo.

Como curiosidad, decir que el primer borrador de esta novela lo empezó a leer mi profesor y amigo, el gran escritor grancanario José Luis Correa, que me apuntó un buen número de posibles modificaciones. La más importante: escribe sobre lo que conozcas. Y tras seguir sus consejos el manuscrito fue aceptado por la editorial tinerfeña 23 escalones, que a partir de aquí me llevó de un festival a otro, de un contacto al siguiente y me puso en el mapa. Gracias eternas, Mónica.


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